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La tercera edad

Cándida Figuereo, periodista residente en Santo Domingo.

Cándida Figuereo, periodista residente en Santo Domingo.

Tuve una mamá y un papá excepcionales, así como unos abuelos encantadores de quienes sus hijos y nietos estaban orgullosos por el trato que nos dispensaron en el trayecto de nuestras vidas, donde nunca faltó el cariño, el respeto y el cuidado a la prole en todos los sentidos.

 

Todo ese afecto de padres y abuelos no tiene modo de retribución y se queda con uno para siempre guardado en el corazón, lo que permite que viva en otras generaciones que emulan todo lo bueno de una crianza sellada para seguir viviendo, de manera honesta.

 

En la familia se goza de ese privilegio que se va inculcando en las generaciones más jóvenes, para quienes las reglas no están escritas pero se respetan las formas y modalidades. Por ejemplo, cero malas palabras. Además, orientar en lo que se necesite.

 

Hacemos, por ejemplo, la Cena Navideña en uno de los hogares de la familia y a cada uno se le asigna lo que debe llevar, lo que termina en un disfrute ameno y sano.

 

Para que el acoplo familiar funcione se debe trabajar en esto con los hijos desde pequeños. Si un menor escucha que en su hogar sus padres dicen “malas palabras” es casi seguro que va a repetir ese comportamiento porque es lo que se le está enseñando.

 

No podemos pretender tener hijos con don de gentes si le educamos vociferando malas palabras, el las repite y usted aplaude. Si el chico lleva dinero o un objeto que no es suyo a la  casa y usted lo acepta, sabrá perfectamente lo que está moldeando.

 

Cuando usted llegue a la tercera edad se sentirá fabulosamente bien si les dio a sus hijos la crianza adecuada. Puedes estar seguro que todo ese amor será reciprocado sin que usted lo esté demandando.

 

Al margen de cómo lo hayan educado, todo hijo debe amar y respetar a sus progenitores, principalmente cuando no se pueden valer por su longevidad.

 

PENOSO

 

A pesar de lo antes dicho, resulta penoso ver a diario a hombres y mujeres que caminan haciendo un gran esfuerzo, mendigando por las calles. Parte de esas personas duermen  en aceras o debajo de puentes, tal es el caso de la  intercepción de la San Martín con Quinto Centenario.

 

Usualmente esos señores y señoras no piden, sino que buscan en zafacones algo para comer o botellas para vender. Existen lugares, asumo que aún funcionan, donde le daban el almuerzo a esas personas.

 

En esa fase final de la vida sería bueno que alguna institución del Estado o sin fines de lucro dignifique a estos depauperados de la tercera edad en cuanto a ropa, alimentación y espacios adecuados para dormir y recrearse si no tienen hogares o un “doliente”.

 

 

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