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La pastoral contra Trujillo

Chichí de Jesús, escritor y periodista.

Chichí de Jesús, escritor y periodista.

El higüeyano Juan F. Pepén, hijo de Felicindo Pepén y hermano de Forí, fue consagrado como Obispo de la diócesis de La Altagracia, el 12 de octubre de 1959, y tres meses después el Nuncio de Su Santidad, Lino Zanini, instruyó al prelado redactar una Carta Pastoral denunciando el clima de inseguridad y las tropelías del régimen de Rafael L. Trujillo, la cual fue leída en todos los templos del país a fines de enero de 1960, hace 58 años.

 

Pepén había expuesto a Zanini y al secretario de la Nunciatura, monseñor Luis Dossena, la represión que contra la juventud mantenían los servicios de inteligencia del gobierno, especialmente el Servicio de Inteligencia Militar (SIM).

 

Cumpliendo la encomienda el obispo preparó el borrador de un documento pastoral que sirviera de base para una declaración final. El contenido de ese documento estaba dirigido a evitar males mayores por parte del dictador y sus colaterales.
“Esto no basta, hay que llegar más lejos. Hay que denunciar las violaciones a los derechos humanos y reclamar un cambio inmediato”, le espetó Zanini a Pepén, cuando monseñor le presentó el primer borrador.

 

Al mediodía del 23 de enero se había redactado el texto del nuevo y último borrador y todos los obispos (Octavio Antonio Beras, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santo Domingo; Hugo Eduardo Polanco Brito, de la diócesis de Santiago; Thomas Reilly, de San Juan de la Maguana; Juan F. Pepén, de Higüey, Francisco Panal, de La Vega y Ricardo Pittini, Arzobispo de Santo Domingo) fueron convocados a la Nunciatura, en la avenida Máximo Gómez, y de ahí partieron por diferentes vías hasta el arzobispado, en la Zona Colonial, donde después de deliberar dieron su aprobación al documento episcopal. Allí firmaron los obispos presentes y el propio Pepén fue comisionado a recoger la firma de monseñor Ricardo Pittini, arzobispo de Santo Domingo, quien por su ceguera y delicado estado de salud había quedado en la Nunciatura.

 

Luego de escuchar el contenido de la carta, el arzobispo, que era íntimo del dictador, la firmó y exclamó: “Que Dios nos proteja”.
Rápidamente la pastoral fue multiplicada a mimeógrafo y entregada a cada obispo para su diócesis. Además, fue enviada a cada párroco a mano, sin que nadie fallara en el debido secreto y en la entrega del documento. La carta fue leída en todas las parroquias el último domingo de enero y la misma marcó un hito y una señal imborrable en la historia dominicana. Su contenido solo se podía comparar con el Sermón de Montesinos.

 

Después de la pastoral el país quedó sumido en un estado de efervescencia político-religioso y fue propicia la ocasión para que los sicarios del régimen incrementaran la persecución contra los opositores al gobierno e inclusive, habían extendido su radio de acción hasta algunos representantes de la Iglesia.

 

Radio Caribe, el “Foro Público” y la columna “Minutero”, estos dos últimos publicados en el periódico El Caribe, lanzaron velados improperios contra los religiosos. Las proyecciones y alcances de la Pastoral quedaron fortalecidos en el periodo de Cuaresma y el pueblo dominicano, como era de esperarse, respondió con más oraciones. A los participantes en los viacrucis religiosos los “calieses” del SIM arrojaban un polvo llamado popularmente “fogaraté” pero los fieles seguían adelante.

 

El Padre Benito Taveras, Canciller de la Diócesis de Higüey, a quien la dictadura había asesinado un hermano en la cárcel de La 40, brotó de entusiasmo por el contenido de la carta. Ese prelado, que hace unos años falleció en Higüey, hizo una costumbre portar una daga en el interior de su sotana para impactar al dictador cuando visitara la Basílica de La Altagracia.
Meses después y tratando de disminuir los efectos de la pastoral Trujillo, muy seguro de su poder, invitó formalmente a los obispos a una reunión en Palacio, en la que se presentó a los mitrados como “un fiel católico, hijo de la iglesia”, y se puso a la total disposición de los religiosos. Ninguno de los asistentes habló en el encuentro.

 

Más adelante invitó de nuevo a los obispos y a todo el clero del país a una “espléndida” cena en la sede presidencial, y casi toda la comida quedó sin probar, porque los asistentes temían a un envenenamiento masivo.

 

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