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Ahora caza violadores de derechos humanos. ¿Habrá sido él mismo un represor en Cuba?

Antes de convertirse en defensor de los derechos humanos, Antonio Blanco tuvo una larga carrera dentro del gobierno de la isla, que incluyó casi una década como diplomático y varios años trabajando bajo las órdenes del connotado jefe del espionaje cubano Manuel Piñeiro Lozada, alias “Barbarroja”.

Antes de convertirse en defensor de los derechos humanos, Antonio Blanco tuvo una larga carrera dentro del gobierno de la isla, que incluyó casi una década como diplomático y varios años trabajando bajo las órdenes del connotado jefe del espionaje cubano Manuel Piñeiro Lozada, alias “Barbarroja”.

MIAMI.- El académico y activista Juan Antonio Blanco, actual director ejecutivo de la Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, anunció recientemente una iniciativa para denunciar y deportar a antiguos represores en Cuba que emigraron a Estados Unidos. El activista aseguró que no se trataba de una “cacería de brujas” por creencias políticas o pertenencia a organizaciones políticas.

Lo que no declaró Blanco fue que en el pasado, él perteneció a las Brigadas de Respuesta Rápida, una organización creada por el fallecido Fidel Castro a inicios de la década de 1990 para reprimir a disidentes y contener protestas populares.

“Yo mismo soy un miembro de las Brigadas de Respuesta Rápida en mi edificio”, dijo Blanco durante una conferencia en 1993 en Estados Unidos, cuando ya oficialmente no era miembro del gobierno cubano.

Las Brigadas de Respuesta Rápida fueron fundadas como una organización de estilo parapolicial y han sido frecuentemente utilizadas por el gobierno para reprimir al movimiento opositor conocido como Damas de Blanco y en actos de repudio contra disidentes en Cuba. En 1994, miembros de las Brigadas, junto a policías y militares vestidos de civil, armados con palos y cabillas, reprimieron una protesta popular en la capital, conocida como “el Maleconazo”, que dio pie al éxodo conocido como la crisis de los balseros.

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“Es cierto que ha habido casos en que tales encuentros se han salido de control. Me uní a la brigada precisamente porque creo que es importante asegurarse de que no haya excesos ni abusos”, continuó Blanco, según recoge el libro Talking about Revolution, escrito por la activista Medea Benjamin, a partir de las conferencias ofrecidas en universidades de EEUU.

Veinticinco años después, a Blanco aún le resulta difícil explicar sus declaraciones.
“Yo no pertenecí a un cuerpo de Brigada de Acción Rápida”, declaró inicialmente a El Nuevo Herald en una entrevista telefónica. “Lo más que yo recuerdo que haya participado fue una vez que había un acto contra un vecino de mi edificio y yo lo que hice, precisamente, fue impedir que se cometieran abusos contra los muchachos, contra la persona y no la humillaran… Lo que hice fue disolverlo.”

“Yo digo ahí que soy miembro solamente porque pertenecí…no porque haya firmado nada o haya estado en nada”, dijo. “Lamentablemente en la forma en que yo estoy presentando eso en aquel momento pues, evidentemente, tú lo coges ahora y lo sacas de contexto y no ayuda.”

Pedro González, el anterior director ejecutivo de la FHRC y actual asesor y miembro de su junta directiva, dijo que la junta discutió la trayectoria de Blanco durante una reunión en la que se le consideró como el mejor candidato para ocupar la dirección de la Fundación. González dijo que los miembros de la junta sabían que Blanco había sido “parte del aparato de gobierno cubano” pero que no recordaba la discusión de detalles específicos, como su declaración sobre las Brigadas de Respuesta Rápida.

González dijo que Blanco estaba “haciendo muy buen trabajo” al frente de los programas de promoción de derechos humanos en Cuba de la fundación. En una conferencia de prensa a fines de junio, Blanco expuso a dos ex policías que ahora viven en Estados Unidos y que habían sido denunciados por varias personas. Según declaró, él había hecho llegar las denuncias a las autoridades federales con el objetivo de que estos supuestos represores fueran deportados a Cuba.

González subrayó que la actuación de Blanco dentro del gobierno cubano no podía compararse con la de los represores que la organización está exhortando a denunciar y que Blanco no había mentido a las autoridades federales sobre su trayectoria. Cuestionarse el pasado de Blanco, “a estas alturas del hombre estar aquí”, comentó González, “parece un asesinato político” del gobierno cubano o de organizaciones rivales del exilio.
Antes de convertirse en defensor de los derechos humanos, Blanco tuvo una larga carrera dentro del gobierno de la isla, que incluyó casi una década como diplomático y varios años trabajando bajo las órdenes del connotado jefe del espionaje cubano Manuel Piñeiro Lozada, alias “Barbarroja”. En 1991, Blanco renunció a su puesto en el Departamento América del Comité Central del Partido Comunista para promover una sociedad civil en Cuba y fundar la Fundación Félix Varela.

Fue en ese momento que Blanco viaja a EEUU en una gira organizada por Global Exchange en 1993. Según explicó, sus declaraciones durante esas conferencias estuvieron motivadas por el miedo a la presencia de espías que pudieran informar al gobierno cubano de sus criterios y dar al traste con su proyecto de reforma en Cuba desde la fundación Félix Varela.

“Cuando estás tratando de mantener abierta la puerta para que te escuchen…tienes que mantener también un cierto equilibrio en tus manifestaciones públicas, sobre todo si estás hablando en EEUU”.

Blanco dijo que fue Ana Belén Montes— entonces analista de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa de EEUU y luego condenada a 25 años por espiar para el gobierno cubano —, quien hizo la pregunta sobre las Brigadas de Respuesta Rápida. Eso ocurrió durante una conferencia en la Universidad de Georgetown, organizada por la profesora Gillian Gunn, quien luego dejó esa universidad en medio de acusaciones sobre su supuesta cooperación con el gobierno de Cuba.

“Creo que la pregunta la hizo Ana Belén. No quiere decir que yo supiera que era espía, obviamente, pero sí sabía de un par de personas que había allí que tenían una relación muy cercana con el gobierno cubano y que cualquier cosa que yo dijera allí lo iban a reportar”, dijo.

Como uno de los autores de un libro sobre “el asesinato de la reputación”, Blanco dijo que la iniciativa para denunciar a represores del gobierno cubano que ahora viven en el sur de la Florida lo ha convertido en blanco de las autoridades de la isla, quienes estarían dispuestos a utilizar su pasado para atacarlo.

“Quien no sepa que yo fui comunista y que trabajé en el Comité Central en ese departamento internacional que dirigió Manuel Piñeiro no debe seguir de cerca mis entrevistas”, escribió Blanco en un correo electrónico enviado a el Nuevo Herald. “En el caso de lo que dije y no dije en ese conversatorio en 1993 ante una sala con dos informantes del G-2 y una alta funcionaria del Departamento de Defensa encargada del tema cubano (Ana Belén Montes, que para colmo resultó también ser espía) tiene que entenderse en ese contexto”, continuó Blanco, quien agregó que la invitación a dar esa charla “se trataba en realidad de una encerrona para aplicarme un test de lealtad a La Habana. Así lo presentí y en consecuencia actué”.

Por décadas, Blanco probó su lealtad al régimen de La Habana.

Hijo de prominentes miembros del antiguo Partido Socialista Popular—su madre fue Elena Gil, creadora del plan de Superación de la Mujer, conocido como Makarenko— , tras el triunfo de Castro en 1959, Blanco pasó cuatro años en el ejército revolucionario antes de estudiar Historia y convertirse en profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.

Pese a que el departamento fue clausurado en 1971 por órdenes de Raúl Castro, y el claustro fue acusado de espiar para la CIA, Blanco pasó a convertirse en un alto funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde dirigió el Departamento encargado del Movimiento de Países No Alineados en la misión de Cuba ante la ONU en Nueva York.

Tras casi una década como diplomático y por recomendación de los hermanos Tony y Patricio de la Guardia—los célebres hermanos condenados cinco años después por narcotráfico—, Blanco fue reclutado en 1984 por el Departamento América (DA) del Comité Central del Partido Comunista, dirigido por Piñeiro, para ser analista principal sobre Estados Unidos.

Aunque su misión oficial era trazar directivas sobre política exterior y no formaba parte de la Dirección General de Inteligencia (DGI) del MININT, el DA funcionaba como “un aparato de inteligencia paralelo” a cargo de “Barbarroja”, dijo Enrique García, excapitán de la DGI que desertó en 1989.

Las verificaciones para entrar al DA eran similares a las realizadas a los futuros oficiales de inteligencia. “Solo estaban los incondicionales, eran plazas de alta confiabilidad política”, dijo García.

“Mi función [en el Departamento América] era imaginar cómo pensarían los americanos en cualquier circunstancia para lo cual había tenido perfecto entrenamiento desde niño, me había educado en la escuela americana [una escuela privada antes de 1959] y había vivido en Nueva York mucho tiempo”, dijo Blanco en una entrevista con el periodista venezolano Alfredo Cedeño en el 2015. “Lo mío era el Congreso de los Estados Unidos, la Casa Blanca, los empresarios, los grupos de interés”, explicó.

Pero en 1991, Blanco da otro giro a su carrera y decide renunciar voluntariamente a su puesto en el Partido Comunista para promover una sociedad civil en la isla y fundar una de las primeras organizaciones no gubernamentales autorizadas en Cuba, según explicó a el Nuevo Herald.

Aún así, Blanco siguió rodeado de personas relacionadas con el mundo del espionaje.

Blanco y Mercedes Arce, otro miembro de la Fundación, habían trabajado juntos en la misión cubana ante la ONU en Nueva York —considerada el centro de los servicios de inteligencia cubanos en EEUU. Arce resultó ser una ex oficial de la inteligencia cubana, pero años después fue acusada de espionaje por el propio gobierno cubano, junto a su esposo, Miguel Álvarez, en un caso que se especula podría haber sido dirigido para dañar la reputación del entonces presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón. Álvarez era su principal asesor.

Aunque oficialmente ya no trabajaba para el gobierno cubano, en 1995, Blanco también participó en una iniciativa del gobierno noruego para crear un canal de negociaciones secretas entre Washington y La Habana. En una entrevista con Cubanet, Blanco dijo que había contactado a Richard Nuccio, entonces asesor especial del presidente Bill Clinton sobre Cuba y a Alarcón, los cuales le habían dado el visto bueno al establecimiento del canal de comunicación.

Vegard Bye, académico noruego que ha sido alto funcionario en la ONU y ahora es consultor, corroboró la presencia de Blanco en las negociaciones, aunque dijo que su papel no fue tan central. Bye, que en ese momento era asesor del viceministro de relaciones exteriores de Noruega, dijo que la presencia de Blanco se debía sobre todo al interés de incluir a alguna organización de la sociedad civil cubana en las conversaciones.

“Sabíamos que él con su trayectoria tenía una alta confianza en el gobierno pero nuestro contacto directo era Isabel Allende, en ese entonces viceministra de relaciones exteriores, y Max Lesnik. Max realmente no fue un contacto oficial sino lo que llamaría un facilitador extraoficial, que aseguraba la consulta directa con su amigo personal Fidel Castro”, dijo Bye.

Lesnik, que reside en Miami, confirmó que Blanco formó parte de las negociaciones porque Bye “estaba buscando canales legales y Blanco tuvo una posición gubernamental y después creó como si fuera una fundación más moderada y comenzó a presentarse como un miembro de una incipiente sociedad civil”.

El entonces canciller cubano Roberto Robaina llegó a viajar a Oslo para tratar el tema de las conversaciones con EEUU pero tuvo que regresar a La Habana de inmediato, tras el derribo de dos avionetas de la organización de exiliados cubanos Hermanos al Rescate por parte de aviones militares cubanos en 1996. Eso puso fin a las negociaciones y a la estadía de Blanco en La Habana, quien emigró a Canadá al año siguiente.

En Canadá, Blanco dejó atrás su carrera de funcionario del gobierno cubano para convertirse en defensor de los derechos humanos y director de cooperación internacional de la organización Human Rights Internet. Tras emigrar a Estados Unidos, consigue un puesto como subdirector visitante del Instituto de Investigaciones Cubanas (CRI) de la Universidad Internacional de la Florida. Luego es nombrado director ejecutivo del Centro de Iniciativas para América Latina y el Caribe en el Miami Dade College.

Su transformación concluyó en el 2016, cuando fue contratado como director ejecutivo de la FHRC, una organización creada por la Fundación Nacional Cubano Americana que tiene como misión “apoyar y empoderar a la sociedad civil cubana en sus esfuerzos por una transición sin violencia hacia una Cuba libre y democrática que no tolere las violaciones de los derechos humanos.”

Lesnik dijo que en una ocasión, Blanco se había alojado en su casa en Miami. “Ahora tiene una función política de buscar supuestos espías y agentes, cosa que me extraña mucho”, pues al asentarse Miami, las posiciones de Blanco eran más “moderadas”, dijo.

A Medea Benjamin, las declaraciones de Blanco durante la gira que ella organizó en 1993 le parecieron genuinas.

En las conferencias, Blanco abogó por una reforma del socialismo, defendió la política exterior del gobierno cubano, criticó a la “ultraderecha” de Miami y llamó “payaso” al fallecido Jorge Mas Canosa, fundador de la FNCA.

“Creo que fue genuino. Creía en los ideales socialistas”, dijo Benjamin en una entrevista telefónica, en la que describió a Blanco como un verdadero creyente del socialismo interesado en reformarlo.

Después de un silencio de varios segundos, la activista, más conocida por sus protestas públicas a nombre de la organización Code Pink, dijo que estaba sorprendida al enterarse de cómo la trayectoria de Blanco desembocó en Miami, al frente de una organización que apoya a la oposición en Cuba y defiende los derechos humanos.

“Debo decir que siempre pareció alguien a quien le gustaba vivir bien, no era de la clase trabajadora “, dijo Benjamin. “Era alguien que quería tener un puesto en el que su voz fuera escuchada”.

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