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MPD destituye a Máximo López Molina tras enfrentar a Fidel Castro

Sebastian del Pilar.

Sebastian del Pilar.

El jueves 21 de abril de 1966, el periódico Libertad reveló la destitución de Máximo Antonio López Molina de la presidencia del Movimiento Popular Dominicano (MPD), acusado de violar la disciplina de esa entidad política, el centralismo democrático y el principio marxista de la crítica y la autocrítica.

El relevo de este dirigente de la dirección del MPD repercutió en la opinión pública casi al instante, ya que en 1960 fue el artífice de la estructuración de ese partido, que convirtió en una vigorosa fuerza política opuesta a la dictadura de Trujillo en el tramo final de ese yugo ominoso.

La referida noticia ocupó la primera página de los diarios locales, los cuales recordaron que el depuesto presidente del partido de la bandera negra y roja tuvo notable incidencia en el proceso de transición democrática iniciado tras el ajusticiamiento del tirano en mayo de 1961 e interrumpido por el golpe de Estado que derrocó al profesor Juan Bosch en septiembre de 1963.

Se mencionó también su resistencia frente a esa acción perversa contra la democracia, en el rol de comandante de la guerrilla sublevada el 21 de octubre de 1963, en la zona montañosa de Cevicos, integrada por jóvenes emepedeístas que desafiaron al gobierno cívico-militar del Triunvirato.

Debido a su actividad guerrillera, este dirigente político fue deportado con destino a Francia el 30 de noviembre de 1963 y no pudo regresar a su país sino hasta después de finalizada la sangrienta guerra civil de 1965.

Su regreso se produjo el sábado 15 de enero de 1966, de modo clandestino por el puerto marítimo de La Romana, eludiendo el impedimento de entrada impuesto por el Triunvirato y ratificado en fecha 16 de octubre de 1965 por el gobierno provisional de Héctor García-Godoy, mediante el rechazo irrazonable de una solicitud suya de anulación de esa arbitraria decisión que vulneraba su derecho a transitar libremente.

Se debe apuntar que el presidente del MPD intentó regresar en varias oportunidades sin éxito, siendo devuelto a París en una ocasión desde la ciudad de Nueva York y abandonado un tiempo más tarde en la isla de Guadalupe, donde recibió la ayuda de unos amigos franceses para volver a Europa.

Durante sus dos años de exilio, este líder político visitó Cuba, Vietnam, Japón, China continental y otros lugares, donde logró establecer cordiales relaciones con los partidos socialistas, además de participar en reuniones, conferencias y congresos internacionales que utilizó como excelentes tribunas para denunciar las violaciones a los derechos humanos en que incurría el gobierno golpista de la República Dominicana.

Por eso era difícil aceptar que un dirigente como él, que estuvo implicado en una escaramuza guerrillera en la que pudo perder la vida, y que poseía un transparente historial de lucha democrática, estuviera pasando por la implacable humillación de la degradación partidaria, bajo la acusación de haber renegado de la estrategia sobre la guerra popular y los principios del marxismo leninismo, abrazándose a los vicios de la burguesía.

Ese argumento del comité central del MPD para explicar la referida sanción, era inverosímil,  puesto que el motivo real residía en la severa crítica que hizo a los gobiernos de la Unión Soviética y Cuba, presididos por Leonid Ilich Brezhnev y Fidel Castro, durante una conferencia celebrada en Vietnam, por la presunta indiferencia que mostraron los partidos comunistas de ambas naciones cuando se produjo la invasión armada de tropas de los Estados Unidos a la República Dominicana en 1965.

Dicho cuestionamiento fue revelado a la opinión pública por la agencia de prensa oficial de la República Popular China, Sinjua, junto a la contundente condena hecha en ese mismo escenario por los delegados comunistas de Albania y Corea a la propuesta revisionista de la coexistencia pacífica, alegando que tendía a ahondar la división del movimiento socialista.

La crítica del presidente del MPD a los cubanos, fue plasmada en una carta que le enviara a Fidel Castro el 17 de julio de 1965, desde París, reprochándole que durante la intervención estadounidense en Santo Domingo, el Partido Comunista de Cuba no había observado el principio del internacionalismo proletario con el pueblo dominicano.

Esa controvertida opinión provocó el enfado del primer ministro cubano, quien a principios de enero de 1966, utilizó el escenario de la Primera Conferencia Tricontinental, que se celebraba en La Habana con la asistencia de una delegación dominicana de la que era parte el vocero del comité central del MPD, ingeniero Cayetano Armando Rodríguez del Prado, para manifestar su desacuerdo con el polémico planteamiento del presidente de ese partido, expuesto en su carta y en el evento comunista citado.

La delegación criolla estaba presidida por el desaparecido abogado y asesor laboral Guido Gil Díaz, en representación del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, e integrada por Carlos Amiama, del Frente Unido; Asdrúbal Domínguez, del Partido Comunista Dominicano y Euclides Gutiérrez Félix, delegado del coronel Francisco Caamaño, presidente del gobierno en armas que culminó su labor el 3 de septiembre de 1965, tras firmar el acta institucional que puso fin a la guerra de abril.

Conforme a lo escrito por el ingeniero Rodríguez del Prado, en sus notas autobiográficas de 2008, en un aparte con el líder cubano, éste le habría manifestado que las declaraciones de López Molina, difundidas por toda la prensa internacional, “nos hirieron profundamente”.

“Tú sabes lo solidaria que ha sido Cuba con todos los revolucionarios del mundo y, particularmente, con los de América Latina… Pero, qué más podíamos haber hecho nosotros por los dominicanos en esa situación”, le habría dicho Fidel Castro.

El desacuerdo del líder cubano con López Molina era entendible, ya que en el momento de su crítica se estaba gestando la celebración en Cuba de la Conferencia Tricontinental, donde nacería la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL) y se afianzaría el liderazgo de Ernesto Che Guevara.

Luego se divulgaría el famoso mensaje del legendario comandante argentino-cubano, dirigido a los pueblos del mundo, diciendo que “América, continente olvidado por las últimas luchas políticas de liberación, que empieza a hacerse sentir a través de la Tricontinental en la voz de la vanguardia de sus pueblos, que es la Revolución cubana, tendrá una tarea de mucho mayor relieve: la de la creación del segundo o tercer Vietnam o del segundo y tercer Vietnam del mundo”

Además, la Revolución cubana, desde sus inicios, había dado muestras de solidaridad con el pueblo dominicano, al tener un rol principal en la expedición armada del 14 de junio de 1959 contra Trujillo y ofrecer su apoyo total, cuatro años más tarde, para que miembros del MPD y del Movimiento Revolucionario 14 de Junio se prepararan militarmente en su territorio con el objetivo de enfrentar al Triunvirato.

Por eso se debe admitir que la crítica de López Molina a Castro fue un tanto exagerada, puesto que se podía demostrar de modo claro e irrebatible que el internacionalismo proletario era el eje de la política exterior de Cuba desde 1959.

Aunque hay que convenir sin discusión que aquella reunión de la Tricontinental, celebrada entre el 3 y el 15 de enero de 1966 en La Habana, fue el lugar donde Cuba demostraría su apego al principio revolucionario que le serviría de sostén teórico para propagar su experiencia guerrillera hacia Bolivia y otros pueblos latinoamericanos, y para desarrollar una política de compromiso con el Tercer Mundo, que en ocasiones entraba en contradicción con la posición soviética sobre la coexistencia pacífica.

Eso se pondría más tarde en evidencia con las manifestaciones de solidaridad con Argelia, Angola y otros pueblos africanos, que darían a Fidel Castro un gran liderazgo internacional y lo convertirían en la cabeza del Movimiento de Países No Alineados junto al mariscal Josip Broz Tito, de Yugoslavia, Sri Pandit Jawaharlal Nehru, de la India y el coronel Gamal Abdel Nasser, de Egipto.

Sin duda que el enojo manifestado por Castro en la citada reunión, gravitó sensiblemente en la decisión tomada dos meses más tarde por el comité central del MPD, de separar a López Molina de la dirección de ese partido.

Dicha medida estuvo precedida de una disculpa extendida por Rodríguez del Prado al líder cubano, a quien le manifestó que la declaración de López Molina fue hecha a título personal y no reflejaba la línea del MPD, porque desde antes de la guerra de abril el comité central de ese partido tenía un nuevo vocero,  que precisamente era el joven ingeniero.

Los integrantes del comité central del MPD  sentían admiración y respeto por la figura de Castro, y confiaban además en que el gobierno cubano le ofrecería apoyo a su proyecto partidario de guerra popular.

Luego de la separación de López Molina  de la presidencia del MPD y de su comité central, su hermano Ernesto, mejor conocido como Tico, en unas declaraciones que ofreció al periódico Listín Diario el sábado 23 de abril de 1966, aseguró que esa decisión se tomó a consecuencia de las divergencias que surgieron en esa Primera Conferencia Tricontinental.

Aseguró que López  Molina fue destituido por orden de los revisionistas soviéticos y los revisionistas cubanos, y vaticinó que esa traición recibiría la repulsa de los partidos marxistas-leninistas de China, Albania, Japón y Corea.

Pero el periódico Libertad reiteraría una y otra vez que López Molina había violado el centralismo democrático con el envío de la carta crítica a Fidel.

 

 

 

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